miércoles, 27 de enero de 2010

¡Yo no soy un bicho de ciudad!


Siempre me sentí ajena a este espacio... pero nunca tanto como ayer...

Nunca me sentí tan fuera de lugar como cuando desde la ventanilla del ómnibus me atrapaba el aliento de la ciudad. Es extraño, nacer en una urbe y no sentirse parte de ella.

Y no es para menos.

Yo no necesito el aire fétido de las alcantarillas, ni el sentimiento de anonimato, ni la falta de cortesía... No necesito el aura gris ni el calor del pavimento. No lo necesito, ni lo deseo.

Yo necesito el aire puro del campo, el cantar de los cerros, el verde de las praderas... El sutil bailotear de las olas en el vientos, el murmullo de un arroyo entre las piedras, libre de desperdicios. ¡Y es que esos lugares quedan! Quiero ver el atardecer sin tener que buscar un espacio donde no me interrumpan las antenas. Quiero un cielo lleno de estrellas, de esos que te dejan sin aliento; quiero un campo lleno de las lucecitas verdes de las luciérnagas... Anhelo esa sensación de libertad que te da solamente correr sin rumbo, solos la naturaleza y uno... ¡Si total, no nacimos para estar encerrados en una jaula de concreto!

Hoy por hoy sentirse agobiado es una elección. Yo no quiero eso.

Quiero paz.

Contigo.

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